
Al salir del bar el frío me pegó una bofetada. Eran alrededor de las 9 de la noche, el cielo ya llevaba rato oscuro y no se veían demasiadas estrellas. Y me fui a casa. Me entrometí por las también oscuras calles que, con una luz algo menos que tenue, intentan marcar el camino. Las piedras que los musulmanes depositaron hace siglos a modo de calzada se me clavaban en los pies. El olor a chimenea lo impregnaba todo, y el humo se perdía por el horizonte. La luna me miraba desde lejos, parecía soplar un viento lleno del frío que tan poco siento. Mi cara y mis manos se cortaban, daban igual los guantes. Algún perro asustado rompía el "silencio", se escuchaba a lo lejos. Y ahí seguía yo, retorciéndome los pies, inhalando el humo que los fogariles echan en invierno, intentando avanzar por el aire, iluminada por poco más que la luna... Y no tenía miedo. Porque cada una de esas cosas me decían que estaba en casa. En mi casa. En
Barbastro.
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Iris -
chichorro -
Barbastrense -