
El bloque de pisos más alto tiene 10 pisos, y lo llamamos "el rascacielos". El resto de casas no suele superar los 4 ó 5 pisos. Siempre hay gente conocida por la calle. El sol sale todos los días, y por la mañana pica un poco, aunque no molesta. Y por la noche refresca bastante. Hay campos cultivados por cualquiera de los alrededores, y huertas en los cantos del río o de cualquier caudal de agua. Las campanas de la Catedral anuncian cada hora, y a las 12 del mediodía sigue sonando la sirena que avisaba de los bombardeos aéreos en la Guerra Civil. Hay curas por todas partes. La mayoría de los gitanos son una comunidad querida que conocemos desde la escuela. Los días se hacen cortos. Los pájaros cantan por la mañana. Los "capazos" (charradas interminables con personas que te encuentras por el camino) son lo usual por las calles, es difícil llegar puntual a una cita. Al llegar de fiesta puede sorprenderte un "kikirikí" del corral de enfrente. Entre vecinos nos intercambiamos frutas y verduras. Hay mercado de hortalizas todas las mañanas en la plaza del mercado, y los sábados aún más grande; además, todos los primeros sábados de cada mes se vende de todo en el Coso. Hay veladores (o terrazas) por cualquier acera un poco ancha. Los abuelos te saludan por la calle aunque sea la primera vez que te ven, siempre con una sonrisa en la boca. La gente pasea durante todo el día. Todos tenemos un trozo de tierra, cultivada o no, y nos gusta. Las carrascas (o encinas), oliveras y almendreras dan sombra por el monte. Por el pueblo cualquier árbol se puede encontrar. Todos los jóvenes vamos a las mismas fiestas. Hay espectáculos en la calle casi cada tarde-noche. Mamá hace la comida, y papá trae la verdura fresca de la huerta. Todos nos conocemos, más o menos. El vino mueve montañas, y también a nosotros. Las calles nos on muy anchas, y muchas de ellas son peatonales. Las señales de tráfico se toman a la torera por todos menos por los visitantes. Hay inmigrantes de todas partes. De noche se ven las estrellas. Cuando sales de marcha hablas con todo el mundo, aunque no lo conozcas. Se ven las montañas (perdón, los Pirineos). Pasa el río Vero por el medio. Hay un barranco, de ahí que el pueblo también sea conocido como "el Barranqué". La gente tiene un acento especial y usa palabras autóctonas. No hace falta buscar un paso de cebra para cruzar. Dos niñas rubias siempre están dispuestas a darte un abrazo. Estés donde estés, puedes plantarte en media hora en la otra punta del pueblo.
Puedes encontrar a un Barbastrense en cualquier lugar del mundo.
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larlar -